Link to La transición energética es una necesidad tecnológica y ambiental, pero la realidad de las cifras cuenta una historia distinta de la que a menudo se plantea en el debate público. La demanda global de energía sigue creciendo, impulsada por el desarrollo económico, la digitalización y la inteligencia artificial. En este escenario, el petróleo y el gas siguen siendo elementos esenciales de los equilibrios económicos y geopolíticos mundiales. De la lección de clausura impartida en la Escuela Política "Vivere nella Comunità" surge una reflexión sobre el futuro de la energía, sobre los desafíos de la seguridad del abastecimiento y sobre la paradoja de las naciones ricas en recursos naturales pero pobres en desarrollo.La transición energética es una necesidad tecnológica y ambiental, pero la realidad de las cifras cuenta una historia distinta de la que a menudo se plantea en el debate público. La demanda global de energía sigue creciendo, impulsada por el desarrollo económico, la digitalización y la inteligencia artificial. En este escenario, el petróleo y el gas siguen siendo elementos esenciales de los equilibrios económicos y geopolíticos mundiales. De la lección de clausura impartida en la Escuela Política "Vivere nella Comunità" surge una reflexión sobre el futuro de la energía, sobre los desafíos de la seguridad del abastecimiento y sobre la paradoja de las naciones ricas en recursos naturales pero pobres en desarrollo.
de Baldo Sansò — Consultor y experto en Políticas Públicas y Energía
[caption id="attachment_91715" align="alignleft" width="300"] Sansò con profesores y alumnos de la Escuela Política «Vivere nella Comunità»[/caption]
En los últimos años, el debate público sobre la energía se ha centrado casi exclusivamente en la transición ecológica, en las fuentes renovables y en el regreso de la energía nuclear. Se trata de temas fundamentales, pero abordados a menudo sin la suficiente conciencia de las dimensiones reales del problema energético global.
Durante la lección que impartí en Roma en la jornada de clausura de la sexta edición de los ciclos formativos de la Escuela Política "Vivere nella Comunità", partí de una pregunta sencilla: ¿cuánta energía consume hoy el mundo y cómo se produce?
En cuanto a la demanda, la humanidad utiliza cada año unos 600 exajulios de energía, equivalentes a una potencia media de aproximadamente 20 teravatios. (Un exajulio es una unidad de medida de la energía del Sistema Internacional. Representa una cantidad colosal, igual a un trillón de julios —10¹⁸—. Se emplea habitualmente para medir el consumo energético a escala global o nacional.)
En los últimos setenta años, el consumo mundial de energía ha crecido en promedio cerca de un 2 % anual, con picos de crecimiento en los años en que se asimilaron nuevas tecnologías: en las décadas de 1960 y 1970, cuando se impuso el modelo de los grandes complejos industriales para la producción en masa, o en la década de 2000, con el uso masivo de los ordenadores personales y la creación de Internet.
La producción energética necesaria para satisfacer este consumo proviene en cerca de un 80 % de combustibles fósiles. El petróleo, en particular, es un elemento esencial del sistema energético mundial, con un consumo que ya ha superado los 100 millones de barriles al día.
Estos datos ayudan a comprender una realidad a menudo ignorada: el crecimiento de las energías renovables no ha reducido en términos absolutos el papel de los hidrocarburos. Al contrario, en muchas zonas del mundo las fuentes renovables se están sumando a los combustibles fósiles más que sustituyéndolos. El motivo es sencillo: la demanda energética global sigue aumentando.
Si el crecimiento continuara al promedio del 2 % anual de los últimos 70 años, en unos treinta y cinco años las necesidades energéticas mundiales se duplicarían. Significaría pasar de los actuales 20 teravatios a cerca de 40 teravatios de potencia media requerida.
[caption id="attachment_91717" align="alignright" width="300"] Baldo Sansò[/caption]
Detrás de estas cifras se esconde uno de los principales desafíos económicos del siglo XXI. Todo proceso de desarrollo requiere energía. El crecimiento demográfico, la industrialización de los países emergentes, la expansión de la movilidad, la electrificación del transporte y la digitalización de las economías son fenómenos que conllevan un aumento de la demanda energética.
A esta dinámica se añade hoy un factor nuevo: la inteligencia artificial. Los grandes centros de datos que alimentan los modelos de IA generativa requieren cantidades crecientes de electricidad. Lo mismo ocurre con la robótica avanzada, la computación en la nube y las infraestructuras digitales que están transformando la economía global. Es, por tanto, muy plausible que en las próximas décadas la demanda energética crezca incluso más rápido que el promedio reciente del 2 %.
En este contexto es necesario preguntarse con realismo por las alternativas disponibles. Las energías renovables están registrando avances significativos y representan un componente fundamental del futuro mix energético. Sin embargo, siguen presentando límites tecnológicos e infraestructurales ligados a la intermitencia de la producción, a la capacidad de almacenamiento y a la disponibilidad de las redes.
También la energía nuclear está volviendo al centro del debate internacional. Muchos gobiernos la consideran un instrumento importante para reducir las emisiones y garantizar la seguridad energética. No obstante, conviene distinguir entre aspiraciones políticas y capacidades industriales efectivas. Las centrales nucleares con tecnología convencional —de segunda y tercera generación, que suelen producir entre 1.000 y 1.600 MW— requieren plazos de construcción muy largos, a menudo superiores a diez años, e inversiones que en ningún caso han bajado del umbral de los 15.000 millones de euros por instalación.
En cambio, hay grandes expectativas en el desarrollo de una nueva modalidad de centrales nucleares más pequeñas (de 50 a 300 MW) llamadas SMR, por "Small Modular Reactors". Estas instalaciones deberían construirse en no más de cinco años y resultar más fáciles de operar en zonas carentes de infraestructura de transporte energético. Pero esta tecnología sigue estando sobre el papel, y harán falta años antes de que pueda ser probada. Además, aunque tuviera éxito, no está concebida como una tecnología sustitutiva de las demás, sino complementaria a las actualmente existentes. Y el motivo es sencillo: si se considera que hoy existen 440 reactores nucleares operativos, pero que para satisfacer la demanda energética mundial harían falta unos 20.000 (de un gigavatio cada uno), resulta evidente que la energía nuclear, por importante que sea, no puede satisfacer por sí sola el crecimiento futuro del consumo global.
La transición energética es un camino inevitable y necesario, pero la realidad de las cifras enseña que durante varias décadas más el mundo seguirá necesitando petróleo y gas natural si quiere sostener el crecimiento económico y garantizar la estabilidad de los sistemas productivos. No querer aceptar esta realidad implica no prepararse para dos de los evidentes desafíos que debemos afrontar, por nosotros y por las nuevas generaciones.
En primer lugar, el petróleo se ha convertido más que nunca en una cuestión geopolítica: los países productores rara vez gozan de estabilidad económica, social y política y pueden, como demuestra el conflicto en Irán, poner en jaque a la economía mundial.
Un segundo desafío atañe a los aspectos ambientales. Comprender que la transición energética es solo un paliativo y no una verdadera solución para reducir significativamente el impacto climático, y que no solo no podremos prescindir de los combustibles fósiles, sino que probablemente tendremos que duplicar su consumo, es el punto de partida para hallar y aplicar soluciones tecnológicas, institucionales, legales y geopolíticas que nos permitan mantener estables los niveles de CO₂ sin disminuir el consumo de hidrocarburos y, por tanto, satisfaciendo la demanda energética.
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