Link to En la intervención más larga registrada ante el Congreso, el presidente defendió su gestión, atacó a la oposición y convirtió el Estado de la Unión en un espectáculo político de alto voltaje a meses de las legislativas.En la intervención más larga registrada ante el Congreso, el presidente defendió su gestión, atacó a la oposición y convirtió el Estado de la Unión en un espectáculo político de alto voltaje a meses de las legislativas.
“Nuestra nación está de vuelta. Más grande, mejor, más rica y más fuerte que nunca”. Con esa declaración de apertura, Donald Trump marcó el tono de un Discurso sobre el Estado de la Unión que combinó exaltación patriótica, ataques frontales a sus adversarios y una puesta en escena diseñada para dominar titulares y redes sociales.
La intervención, la más extensa de la historia en este formato, se prolongó durante casi dos horas y estuvo salpicada de ovaciones de pie por parte de los republicanos, abucheos de la oposición y una sucesión de invitados sorpresa, condecoraciones en directo y referencias constantes a la seguridad fronteriza, la economía y el orgullo nacional. Más que un ejercicio de rendición de cuentas, el mensaje funcionó como plataforma de campaña de cara a las elecciones legislativas de noviembre.
Trump reivindicó lo que calificó como una “transformación sin precedentes” en apenas un año. Aseguró que la frontera está ahora “segura”, que la inflación “se desploma”, que los ingresos “aumentan rápidamente” y que Estados Unidos ha recuperado el respeto internacional. “Estamos en la era dorada de Estados Unidos”, proclamó, evocando el 250º aniversario de la independencia que se celebrará el próximo 4 de julio.
El discurso llegó, sin embargo, en un momento políticamente delicado para el presidente. Con índices de popularidad debilitados, recientes reveses judiciales y tensiones en el Congreso —incluida la paralización de fondos para el Departamento de Seguridad Nacional—, la comparecencia era vista como una oportunidad para recuperar la iniciativa. Trump optó por redoblar su estrategia habitual: negar errores, responsabilizar a la oposición y a la inmigración irregular de los problemas estructurales y presentar la economía como prueba irrefutable de éxito.
Uno de los momentos más tensos se produjo cuando instó a los legisladores a ponerse en pie si coincidían en que “el primer deber del Gobierno estadounidense es proteger a los ciudadanos estadounidenses, no a los inmigrantes ilegales”. La mitad del hemiciclo se levantó; la otra permaneció sentada. El contraste visual, prolongado durante varios minutos ante las cámaras, simbolizó la profunda fractura política del país y anticipó uno de los ejes centrales de la campaña republicana.
La escenografía recordó en muchos aspectos la del año anterior: la expulsión temprana de un congresista demócrata que protestaba, la presencia de deportistas olímpicos con sus medallas, homenajes a veteranos de guerra y a víctimas de crímenes cometidos por inmigrantes sin estatus legal, así como anuncios de futuras leyes bautizadas con nombres de ciudadanos afectados por tragedias recientes. Hubo también promesas regulatorias —desde límites a la especulación inmobiliaria de grandes fondos hasta restricciones sobre inversiones de legisladores— y advertencias a las grandes tecnológicas por el consumo energético de la inteligencia artificial.
En el tramo final, Trump apeló a la Providencia, a los padres fundadores y al carácter excepcional de la nación. “La era dorada de Estados Unidos ya está aquí”, afirmó, asegurando que los primeros 250 años del país “fueron solo el comienzo”.
Cerró con la tradicional frase: “El estado de nuestra Unión es fuerte”. La ovación de sus partidarios contrastó con la fría reacción demócrata. Si algo dejó claro la noche fue que, más allá de la fortaleza que el presidente atribuye a su Gobierno y a la economía, la unidad nacional sigue siendo esquiva en un país que continúa profundamente polarizado.
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